ARA SOLIS | O |

22 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA NOTICIA del embarazo le llegó a Carmen tan de sorpresa que estuvo durante dos semanas pensando que el médico se había equivocado. No fue algo buscado, pero sí bienvenido, que, al fin y al cabo, hablando de embarazos casi viene a ser lo mismo. El pequeño Manuel tiene casi dos años, así que Carmen se alegró al pensar que su hijo tendrá pronto un hermanito. Lo más alucinante se produjo unos meses después del primer anuncio, cuando el ginecólogo le informó de que esperaba gemelos. Volvió a pensar que el médico se equivocaba, pero la ecografía, con dos habichuelas bien definidas, no dejaba lugar a dudas. Sorpresa por partida doble y, en un abrir y cerrar de ojos, familia numerosa, lo que, pensó, ya no haría tanta gracia al pequeño Manuel, ni a los ahorros familiares, ni a las nóminas mensuales. Pese a todo, la alegría continuó y los problemas, como en el anterior embarazo, no se hicieron esperar. Náuseas por las mañanas -y, a veces, también por las tardes y por las noches-, cansancio generalizado -incrementado por la necesidad de atención de Manuel, consciente, quizás, de que en unos meses perdería protagonismo-, hinchazón de pies, estrías en los lugares más insospechados y la cara de mala uva de su jefe, que con sólo mirarla parecía reprocharle que muy pronto estaría cuatro meses de baja -sí, todavía hay superiores que miran así-. Lo peor de esta historia, según Carmen, no son las molestias, ni las miradas del jefe, sino los conductores desaprensivos que se empeñan en aparcar en doble fila. Y no porque no pueda sacar el coche, que también, sino porque ¡no puede entrar en el coche! Le ocurrió ayer en Carballo. Con su barriga de casi siete meses y su niño de casi dos años, Carmen se tuvo que quedar en la calle esperando a que al propietario del vehículo le diese la gana de aparecer. Y además, la miró como su jefe.