Análisis | Las últimas voluntades del alemán El verdadero museo de Camelle se deteriora día a día sin la más mínima protección, a pesar de que el artista dejó una cuenta con 120.000 euros para preservar su obra
11 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.A Manfred Gnädinger le hallaron cuando ya habían transcurrido varios días de su solitaria muerte. No se le practicó la autopsia. ¿Para qué, si todos sabían que el hombre padecía de la circulación y en las últimas semanas sufría una aguda depresión? De habérsele hecho la autopsia tal vez los patólogos hubieran hallado en sus pulmones demasiadas evidencias del chapapote que durante más de un mes se vio obligado a respirar, cercado en su caseta por el letal petróleo del Prestige ; los que, mascarilla por medio, respiraron durante algunas horas al día el insoportable olor del chapapote saben bien a lo que me refiero. La muerte por intoxicación paulatina y evitable es algo demasiado prosaico; más poético resulta divulgar la idea de que Manfred falleció de tristeza, con lo que la responsabilidad de su muerte recae sobre sí mismo y, además, éste es el tipo de sufrimiento que se espera en un artista genuino. La muerte de Manfred Gnädinger conmovió -aún lo hace- a la sociedad española y a gentes de diversas partes del mundo. Destacados intelectuales le han dedicado artículos y crónicas; la libreta Man por Man, estrenada por Miguel de Lira, recorrió Galicia y aún hoy recibe múltiples adhesiones en Internet; el cantautor catalán Joan Isaac compuso una canción que hace pocas semanas ha sido grabada por la inefable Ana Belén; el cineasta y político francés Noel Mamere realizó un magnífico documental sobre la vida de Manfred, estrenado en la televisión francesa y que la gallega no se decide a adquirir; la editorial Xerais prepara el lanzamiento de un libro del poeta Xoán Abeleira dedicado a analizar la obra artística de este hombre; la pintora burgalesa Rosario Palacios pintó varios cuadros en memoria de Manfred, recientemente exhibidos en Camariñas. Y, así, a menudo recibimos noticias parecidas. Lo cierto es que la sola mención del nombre del artista genera en todas partes interés y admiración. Pero algo ocurre en su tierra de adopción, donde vive su obra: los documentos personales y escritos componentes de su legado (que pudieran contener reflexiones de valor universal) continúan, pasados tres años de su muerte, inmersos en un verdadero limbo jurídico pues nadie acaba de definir qué hacer con ellos. El verdadero museo de Man, el que erigió con sus manos en la costa, se deteriora día a día sin la más mínima protección a pesar de que el artista dejó en el banco una cuenta de 120.000 euros con el deseo expreso de que ese dinero se dedicaran a proteger su obra. Las fotos de los alrededores del museo y del lamentable espectáculo que se observa a través de sus rotas ventanas (documentos mohosos incluidos) dan fe de lo que aquí se cuenta. La figura de Man parece crecer a los ojos del mundo en la misma medida en que la desidia local permite la destrucción de su obra. ¿Paradoja o desvergüenza?