Historia de un camino

ALEJANDRO LAMAS COSTA

CARBALLO

XESÚS BÚA

HISTORIAS DE CORCUBIÓN | O |

02 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA PROHIBICIÓN de enterrar muertos dentro de las iglesias data de los años 1767-68. La Real Cédula fue dictada durante el reinado de Carlos III, y la puso en ejecución el presidente del Gobierno Manuel Godoy durante el reinado de Carlos IV, en los años 1792-1806, y más tarde por los gobiernos sucesivos, hasta obligar a la poderosa y reacia Iglesia a enterrar en los atrios o en los nuevos cementerios. Ésta fue la causa de que los P. P. Benedictinos de Moraime (Muxía) tuvieran que construir un cementerio sobre el año 1833. La desamortización de Mendizábal obliga a la exclaustración de los monjes y la enajenación de sus tierras. Los bienes del monasterio, a excepción de la casa rectoral y su pequeño huerto, fueron vendidos por el Estado en el año 1870 a Francisco Leiro Lema, vecino de Labexo (Muxía) casado con su sobrina, Josefa López Leiro. Lo que hizo que la iglesia de San Xulián tuviera que tapiar la puerta Sur que daba a la finca del nuevo propietario. Por este motivo, el templo de San Xulián no tenía tierras por el Sur y por el Este, y sólo la bajada de un monte por la parte Norte que servía a los fieles para bajar y entrar por la doble puerta que es hoy entrada a la sacristía desde la iglesia. Para construir el cementerio se trasladó la sacristía y se rebajó el monte del Norte, y para hacer el muro de contención se trajeron las piedras desde el lugar de Chorente, de las ruinas de la casa de una mujer, llamada María da Pataca, que la tenía aforada al monasterio de Moraime. Para acceder al cementerio, la comitiva fúnebre entraba en el templo por la puerta principal del Oeste, y tras el rito fúnebre salía al cementerio por la sacristía, atravesando las dos puertas. Así fue sucediendo desde 1833 hasta 1898, en que se produjo la circunstancia propicia para volver a propiedad de la Iglesia parte de la finca de la fachada Sur. La trama Francisco Leiro Lema, propietario de los bienes del iglesiario de Moraime, tenía una sobrina y al mismo tiempo cuñada, llamada Laura López Leiro. Esta se había casado el 6 de enero de 1862 con Andrés Leis Rodríguez. Más tarde, en el año 1876, doña Laura considerándose viuda del citado don Andrés Leis, que se había marchado a Montevideo (Uruguay), consiguió documentación aparentemente legal que certificaba el fallecimiento de su marido día 4 de junio de 1973 en el pueblo de Rosario de aquel país. Casándose en segundas nupcias con José Arosa García. Así las cosas, un buen día del mes de septiembre, fiesta de la Virgen de La Barca, estando Laura López con su segundo esposo viendo la romería desde el balcón de la casa de su tío Francisco, apareció entre el gentío un señor que la saludaba desde la calle y que no era otro que su primer marido. Laura se negó rotundamente a recibirlo, a pesar de la insistencia de Andrés. Luego se cuenta que don Andrés presentó denuncia, y que fue el asunto a audiencia, anulándose el segundo matrimonio. Al no acatar doña Laura la sentencia y seguir viviendo con su segundo marido, fue considerada amancebada y por tanto fuera de la Iglesia. Tiempo mas tarde don Andrés apareció misteriosamente muerto en su cama, pero doña Laura viuda al fin, no quiso regularizar su situación con el segundo marido y así continuaron viviendo ante la Iglesia como amancebados. No sabemos si la certificación de muerte de don Andrés fue preparada con dolo, lo que si se sabe es que don José y doña Laura debieron actuar con cierta malicia, pues construyeron un cementerio particular para ellos, aunque no llegaron a estrenarlo ninguno de los dos. Veamos el proceso. El 26 de septiembre de 1898 falleció doña Laura López, y los familiares no quisieron que fuese enterrada en el cementerio civil que habían construido. Por otro lado, no podía ser enterrada en el cementerio parroquial por haber muerto sin confesión y seguir viviendo amancebada. Entonces el citado Francisco Leiro Lema, propietario de los bienes del iglesiario de Moraime, le pidió al cura que la enterrara en sagrado. Después de intensas negociaciones, aceptó el Sr. Cura enterrarla en un rincón del cementerio a cambio de que don Francisco cediera a la Iglesia un camino alrededor del templo en su finca de la parte Sur, del mismo ancho del que pisara la comitiva fúnebre, para poder así enterrarla en el cementerio sin pasar por la iglesia y sacristía como se venía haciendo. El cadáver de doña Laura se sepultó en el cementerio, sin toque de campana, sin cruz ni ministros, sin ningún otro aparato fúnebre, ni exequias que pudieran celebrarse por su alma, ahora ni en ningún tiempo sin que preceda autorización diocesana. En esta permuta, la Iglesia le cedió también a don Francisco un lugar para construir un panteón en el centro del cementerio, y desde aquella tiene el templo un pasillo nuevo con muro que le separa la finca del señor Leiro. Hace unos años, con motivo de la restauración del templo, se volvió a abrir la tapiada puerta del Sur, bellísima muestra del románico. Y en la finca de Leiro, en unas excavaciones aparecieron restos romanos, y vestigios de la época sueva y visigoda.