ARA SOLIS | O |

07 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS TRES hermanos de María recuerdan perfectamente el día en que la niña comenzó a hablar. Han pasado 30 años desde entonces, pero se acuerdan con claridad porque cuando empezó, ya no paró. Desde ese día, los viajes para ver a la abuela se convirtieron en una auténtica pesadilla: más de 70 kilómetros enlatados en un Seat 1400 y la niña sin callarse. La situación mejoró cuando María fue escolarizada. El primer año se pasó casi la mitad en el pasillo. Su primera profe -a la que hoy recuerda con cariño- la echaba de clase cada dos por tres para que «meditase» y no molestase a sus compañeros con charlas interminables. Era tan parlanchina que a la señorita le resultaba imposible seguir el hilo de las lecciones. A veces -demasiadas- coincidía en el pasillo con los alumnos de otros cursos -también castigados-, así que el profesorado decidió suprimir estas reprimendas, porque fuera de las aulas se montaban unas tertulias históricas. Optaron entonces por castigos comunitarios. Si un niño armaba jaleo, toda la clase debía cruzarse de brazos, agachar la cabeza y permanecer en silencio, sin mover ni un músculo, durante al menos diez minutos. María y sus compañeros crecieron felices y sin traumas, así que ahora le sorprende que en un colegio de Ourense se haya montado un escándalo sin precedentes por los castigos que imponían a los más revoltosos -los hacían permanecer quietos y callados en una baldosa-. Ha llegado un momento, piensa, en que la disciplina se está confundiendo con los malos tratos y los profesores, que en los últimos años se han visto obligados a andar con pies de plomo, ya no pueden imponer su autoridad, porque siempre aparecerá un padre quejica que no admite que su hijo -normalmente un salvaje indisciplinado- reciba una reprimenda. Y después hay quien se extraña de que el acoso escolar se multiplique.