ARA SOLIS | O |
14 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.JUAN TIENE 37 años, una mujer que le adora, un hijo de dos años y otro en camino. El sábado pasado estuvo a punto de perderlo todo por culpa de un trabajo con demasiadas responsabilidades y muy pocas satisfacciones. El estrés le llegó al corazón, literalmente, y estuvo a punto de pararle el músculo más importante de su cuerpo. Los reflejos de su esposa, la suerte de vivir a menos de un kilómetro de un hospital y un médico en prácticas que le atendió nada más entrar por la puerta de urgencias le salvaron la vida. Juan sigue hoy en la UCI, vigilado día y noche por un equipo de enfermeras y médicos que no paran de repetirle que ha vuelto a nacer, que si hubiese vivido en cualquier otro lugar, un pueblo de la Costa da Morte, por ejemplo, habría tenido muy pocas posibilidades de contar una historia que, sin embargo, podría haberse evitado. Una revisión anual, le aseguran los que saben del corazón -literalmente hablando, no los cotillas de la tele-, habría anulado su paso por urgencias. Durante esa consulta que nunca realizó porque se sentía bien, Juan habría sido avisado de que el tabaco era una pésima compañía para sus arterias y de que, sobre todo, debería tomarse la vida con más calma. Todavía convaleciente de una operación complicada y aburrido por no poder recibir visitas más que una hora al día, Juan asegura que ha aprendido la lección. Dice que ahora, todos los días y a todas horas, le recordará a su mujer que la quiere, que pasará más tiempo con su enano de dos años y con el que llegará en apenas cuatro meses, que se olvidará del tabaco para siempre y que a su jefe intentará mandarlo a freír espárragos cuando le exija más de lo que le corresponde. «En cualquier caso -dice- ya sé que los problemas del curro tienen que dejarse en el curro. Se acabó el estrés». En esta ocasión no hay duda de que habla con el corazón. Literalmente.