En el filo de la navaja

CARBALLO

La navaja, la que cogen los submarinistas, corre el riesgo de hacer honor su nombre y convertirse en arma. De hecho, el sector del longueirón vive desde hace unos meses en una especie de batalla permanente que se libra en varios frentes. El primero de ellos, aparentemente resuelto, fue el de la solicitud de la ampliación del número de permisos de explotación, que buscaba elevar el número de mariscadores legales de menos de 25 a cerca del doble. Esa búsqueda de licencias llevó a un enfrentamiento entre el PSOE de Fisterra, la cofradía de la localidad y la CIG, en la que todos pugnaban por hacer suya la gestión de unos documentos que ya daban por logrados. Al final, la victoria se la llevaron los mariscadores, que consiguieron regularizar su situación y dejar de ser furtivos. Eso sí, varios meses después de acabar unos cursos obligatorios que tuvieron que pagar de su bolsillo. Pero la concesión de los permisos fue sólo la primera batalla. La otra todavía se está librando y enfrenta a quienes se dedican al longueirón con las mariscadoras de a pie de Corcubión y a los primeros, de paso, con la cofradía de la localidad. Desde la agrupación de submarinistas, que engloba a los profesionales de la navaja de Fisterra, Corcubión y Lira, intentan que se les deje trabajar en la zona de la playa de la Concha, en Cee, el mismo sitio en el que las mariscadoras no quieren ni verlos. El cruce de declaraciones fue creciendo de tono hasta llegar a graves acusaciones personales. Los del longueirón aseguran que el patrón mayor de Corcubión «nunca moveu un dedo por levar a bó porto as dúas agrupacións do lugar». Eso además de otras afirmaciones sobre prácticas ilegales de pesca. De las críticas tampoco se salvan las mariscadoras de a pie, en particular la presidenta de la asociación y una de las profesionales, Nieves Alborés, a quien califican de «axitadora», además de acusar a un familiar suyo de furtivismo en la zona que ella pretende proteger porque, explica, los submarinistas aprovechan que bajan a por longueirón para llevarse, de paso, las almejas del banco. Al paso de las acusaciones salió el marido de Alborés, mariscador también y conocedor de la ría desde hace décadas. Jesús Umberto Castro, «O Rulo», no dudó en acusar de furtivismo a los del longueirón: «Polo día levan a navalla e de noite retiran o saco que deixaron fondeado con ameixa e berberecho», dice. Los acusa también de haber acumulado multas por infracciones y a algunos de ellos de dedicarse a coger centolla en época de veda, y pide que un submarinista de la Xunta reconozca la zona en conflicto. Las espadas, se ve, siguen en alto.