ARA SOLIS | O |

03 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HAY HISTORIAS que a pesar de ser tristes no dejan de tener su gracia. Hace apenas unos días, coincidiendo con Todos los Santos y las visitas a los cementerios, me contaba un amigo que sus padres estaban inmensamente felices porque, por fin, se habían comprado un nicho. Francamente, ni entonces, ni ahora, me pareció un tema como para alegrarse, pero mi amigo me explicó que la felicidad de sus progenitores radicaba en que llevaban varios años en una lista de espera para conseguir un panteón en el cementerio coruñés de San Amaro. Por lo visto, me decía, la necrópolis lleva varios años saturada y encontrar una última morada no es fácil en la capital. De hecho, me explicó que el de sus padres era un nicho de segunda mano, pero que a pesar de ello, de que era el más alto del panteón y del desembolso -casi la entrada para un piso en vida-, cuando firmaron las escrituras les faltó poco para brindar con champán. Ese día se encontró con su madre en la calle y ésta le aseguró que venía de zanjar la compra de un apartamento con vistas al mar y mi amigo, iluso, creyó que sus padres se habían vuelto locos y se iban a mudar a Benidorm o Torrevieja. Durante varios días, me aseguraba apesadumbrado, sus padres no hicieron otra cosa más que hablar de su nueva adquisición, del color del mármol con el que pesaban recubrirlo y de lo difícil que era decidirse por el tipo de letra con el que escribir los apellidos de la familia. ? Me contaba este amigo que su padres fueron al cementerio el pasado martes. Lo curioso, añadía presuroso, es que allí no tenían a quien visitar. Sin embargo, me explicaba que los dos se acercaron a San Amaro para volver a ver el nicho que recientemente compraron para comprobar, me decía mi amigo, que seguía en su sitio. Tal vez, pensé, temían que algún ocupa, como los de Jun, se hubiese apoderado de su apartamento con vistas al mar.