Perros y dueños

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

06 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

ME GUSTAN los perros. Desde siempre me han caído bien. Lo que no me gustan son determinados dueños, que no son conscientes de que, o están pendientes de ellos, o no deberían tenerlos. Me gustan las playas desiertas, ésas en las que puedes pasear sin tener que esquivar toallas. Ésas en las que te cuesta decidir dónde sentarte porque hay tanto espacio que te aturullas. Ésas en las que los pocos que las visitan son respetuosos y no corren a tu alrededor, no te rebozan con la arena, ni chapotean justo cuando metes un pie en el agua helada. El domingo me acerqué a una de esas playas de arena fina y pocos bañistas. Y lo que prometía ser una tarde agradable en un arenal de la Costa da Morte se convirtió en una pesadilla. A esa playa que tanto me gusta se acercó un perro de los que tanta gracia me hace, acompañado por un dueño de los que no soporto. Sin importarle los que estábamos allí, soltó al animal que, feliz de tener un propietario irresponsable, campó a sus anchas entre los bañistas, olisqueó curioso a todo al que encontró a su paso y pisoteó toda cuanta toalla se interpuso en su camino. El dueño ni se inmutó. Ojalá la próxima vez que salga de casa pise una de esas cacas que dicen que dan tanta suerte.