Quien contamina, paga

| EDUARDO EIROA |

CARBALLO

PASABA POR AQUÍ

21 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LAS MARISCADORAS de Corcubión vivirán en sus cuentas los últimos ecos del efecto Prestige , aquel por el cual por milagro divino llegaba la nómina sin haberla trabajado. Es justo que así sea porque alguien se ha encargado de dejarlas en el paro sin pedirles permiso, convirtiendo los berberechos y las almejas en bidones de petróleo. Ahora parece que ese alguien son muchos: una fábrica, un astillero, una depuradora, unos ríos con vertidos incontrolados. Años y años haciéndolo mal acaban pasando factura. Cierto que todos pensaban que eran santos y que ellos de ensuciar nada, que las nubes negras de las chimeneas eran más dulces que el almíbar. Luego resultó que no. Nadie sospechaba nada, pero cualquiera que llegue por primera vez a la Costa da Morte y pase la curva de Brens, sabe por instinto que en aquel puerto no es sano darse un chapuzón. Para eso no hace falta un año de análisis.