ARA SOLIS | O |
29 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.SI LA Costa da Morte es famosa por algo, además del Prestige y de muchas otras tragedias de ahora y de antes, es por el marisco. Hay mucho y lo hay bueno y en general furtivo, trapicheado en las trastiendas de las lonjas y capturado sin mirar mucho las vedas y los tamaños en cualquier sitio, esté prohibido o no. Este es uno de los escenarios típicos y tópicos de esta costa. Uno de los clásicos por estas latitudes es el arroz con lubrigante. Los que gozamos con los fogones lo hemos perseguido en sus distintas variedades por todos los rincones de la geografía costera con distinto éxito. Así, sin dar nombres, se puede decir que en la tierra del marisco los bichos que acaban en la olla troceados para acompañar el arroz, o no saben hablar gallego porque vienen de Francia o no lo hablan todavía porque aún andaban tomando el biberón cuando se decidió su futuro. Haciendo memoria, sólo se come buen arroz en un lugar (no digo el nombre), siendo el resto mero reclamo para turistas. Mariscada A ese problema hay que añadirle que, el que quiera darse una mariscada, está obligado, además de a pagarla cara, a ver la tele mientras mastica y a competir a gritos con el volumen para comunicarse. Si tiene mala suerte, puede tener que luchar con dos televisiones al mismo tiempo en un mismo restaurante. Y pese a eso, la gente sigue atreviéndose a coger el coche en Santiago o A Coruña conducir por estas vías aún infernales para salir con la familia el fin de semana a darse un pequeño homenaje. El poder del percebe es más grande que el de todas las promociones turísticas juntas. Es capaz, incluso, de derrotar a los papeles de mantel y a las cartas sin precios.