PASABA POR AQUÍ
13 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.RAZO, domingo por la tarde. Viento de cha-cha-cha, luz flamenca, bandera roja, surfistas optimistas, gaviotas que recorren sus habituales caminos aéreos de tres carriles en doble sentido sobre la arena. Todo normal, salvo un pequeño detalle para alguien ancaldo en costumbres añejas: personas, decenas de personas, tal vez cientos, miran al mar. Fijamente, apoyados en la baranda de madera, los ojos clavados en el fondo azul, como esas postales raras de la Riviera francesa, años sesenta. Es extraño, eso. Es hermoso, pero es extraño. En la Costa da Morte siempre hemos mirado poco al mar. Los pueblos se construían a su espalda. Además, no había tiempo ni ganas. Ni formas: esas cosas eran para cultos o ricos. Pues no. Son para inteligentes. Mirar al mar (ahora viene la pedantería) es mirarse uno mismo y reflexionar. Que en estos tiempos nunca viene nada mal.