PASABA POR AQUÍ
15 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EN LA Costa da Morte, la vida es algo más o menos improvisado. Un día a día a salto de mata sin demasiadas reglas ni control. En general, la gente aparca donde le apetece, come marisco vedado comprado a furtivos, esconde los cuartos en algún colchón, cobra en negro y hasta se hace pasar por pobre para llevarse a casa un lote de comida de la Cruz Roja. Por supuesto, tratar de aplicar las reglas del juego del mundo civilizado es casi imposible. La Consellería de Pesca, por ejemplo, lo da por perdido. Pero también es difícil cuando se intentan regular las tradiciones: a ver quién convence a los que participan en las procesiones marítimas de que no se apiñen en los barcos y se lleven un chaleco de casa, o quién anima a los que montan orgías gastronómicas a instalar neveras industriales para la comida. No hay normas, la gente hace lo que le da la gana. No hay más que mirar el urbanismo.