Puede que algunas de las parejas que se conocieron en A Corveira lleguen a tener una relación seria. Lo que está claro es que muchos de ellos no pasaron la noche del sábado solos
23 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Las seis y media de la tarde era la hora fijada para que los 23 solteros de A Corveira conociesen a sus nuevas y desconocidas acompañantes. Para no llamar la atención, llegué con un poco de retraso, pero me equivoqué. Ya estaban casi todos, y los chicos esperaban a la puerta del restaurante para poder echar la primera visual a las invitadas. Una vez saludados a todos, comenzó la ronda de presentaciones de las chicas, muchas de ellas habían ido con amigas, lo que provocó un mayor nerviosismo entre las que iban solas. Santiago, Ordes y A Coruña eran los puntos de procedencia de la mayoría de las osadas que se atrevieron a participar en esta curiosa iniciativa, con la intención de pasar un buen rato y de conocer gente. De hecho, algunas habían estado casadas o acababan de salir de una larga relación y ésta les pareció una gran idea para descubrir nuevos amigos. Un bus mixto Para ir calentando motores, nos subimos todos en un autobús, aunque, como todavía no había confianza, los chicos y las chicas se sentaron por separado, algo que iría cambiando a medida que discurría la noche. Antes de cenar recorrimos tres locales donde nos invitaron a tomar una copa y a picar algo, mientras se iban acercando posiciones entre hombres y mujeres. La expectación creada por esta iniciativa era tal, que, cada vez que entrábamos en un bar nos convertíamos en el centro de atención, aunque en las pantallas de televisión Molina evitara que el Betis le marcara un gol al Dépor. De vuelta al restaurante, la suerte decidió quién sería nuestro acompañante en la mesa, aunque muchos no quedaron muy de acuerdo con su destino y, en cuanto que pudieron y gracias a que había dos comedores, dieron esquinazo a su pareja para irse con la que habían estado hablando antes. La comida y el vino contribuyeron a que la conversación fuese cada vez más fluida, lo que provocó que, una vez de vuelta en el bus, se produjeran los primeros acercamientos. Incluso, entre bar y bar, se sortearon dos noches de hotel, que no hubo ningún problema en repartirlas, aunque algunos de los agraciados declaraban: «Yo sólo voy a dormir». La última parada de esta caravana fue en una discoteca de Santa Cristina, donde cada vez había más parejas, y los besos y arrumacos se multiplicaban. Sin embargo, no todos pudieron dormir acompañados esa noche y, mientras unos se repartían caricias, otros cogían un taxi para irse solos. Otra vez será.