Reportaje | Vidas pintorescas Dos caminantes que llevan más de un mes durmiendo en un albergue aseguran que realizarán inversiones millonarias en el área de Cee
22 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Son dos, pareja, él con 72 años y ella con 50. Llegaron andando un buen día y, tomando por base el duro suelo del albergue provisional del Agra de Raíces, decidieron, sin mayor motivo que el amor a primera vista, realizar inversiones multimillonarias en la zona. José Martins y su esposa decidieron que el castillo de Ameixenda sería suyo. Lo decidieron, explica Martins, porque vieron un anuncio hace dos años en un periódico y les gustó, pero no lo compraron entonces porque el diario lo ubicaba en el Cantábrico y no lo localizaron. Por extraño que parezca, no realizaron mayores investigaciones para gastarse varios cientos de las antiguas pesetas. «Era éste», se dijeron, bastón de peregrino en mano, frente a la caseta de información turística de Cee. Desde que vieron la foto, aseguran, no dejan de negociar. Pero no sólo eso, sino otras inversiones que también pasan del millón de euros para montar, entre otros, un centro de salud basado en las propiedades terapéuticas del agua del mar. Para afrontar tales gastos, además de otras ideas que no parecen mucho más baratas, hace falta mucho dinero. Martins asegura que lo tiene en cantidades, digamos, industriales, pero en Cee la gente ha empezado a hacerse preguntas. Aunque nadie les ha pedido fotocopia de la cartilla, el tema ha llegado a la calle y son muchos los que se preguntan cómo es posible que unos peregrinos, así a secas, se planteen gastarse de golpe cerca de seis millones de euros. Las curiosidades populares empiezan por las costumbres de los visitantes. Desde que llegaron a Cee caminando desde León (a donde llegaron desde Madrid a dedo) su único hospedaje ha sido el suelo del viejo instituto. No tienen coche, ni teléfonos móviles, ni asesores, ni abogados, ni tasadores ni ninguno de los pequeños detalles por los que el imaginario popular reconoce a los poseedores de grandes fortunas. No van a grandes restaurantes y se dejan invitar sin discutir. Los comentarios recorren el pueblo, y son pocos los que a estas alturas se creen que ningún multimillonario gaste este tipo de excentricidades. La vida frugal y los lujos escasos podrían admitirse como parte de extrañas costumbres, peroque para el común de los mortales no cuadran mucho con el mundo de los negocios en el que la imagen del que los hace, además del dinero contante y sonante, es fundamental a la hora de cerrar un trato. A Martins no le falta educación ni carece de un trato agradable y excelentes maneras, pero para aquellos que, con conocerlo, tienen trato diario con él, las incógnitas pesan más que las buenas maneras. «Si yo tengo miles de millones y me quiero comprar un castillo que aparece en un anuncio -comentan en Cee-, en vez de buscarlo a pie, llamo a la agencia que lo vende, mando a alguien a buscarlo o incluso miro en Internet, porque allí viene».