Mucha noche para espantar meigas

María Cobas Vázquez
María Cobas CARBALLO

CARBALLO

CASAL

En Directo | En la cachela Treinta carballeses se reunieron en el molino de Rus para celebrar el San Xoán en una de los centenares de fogatas que iluminaban el cielo de Carballo

24 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La noche del lunes Carballo ardió en cachelas para festejar San Xoán. En cada rincón se podía ver a un grupo de amigos o vecinos reunidos al calor de un fuego en el que se asaban sardinas o churrasco. Después de la comilona, niños y no tan niños saltaron las cachelas para espantar las meigas. En una calle de la zona de la Milagrosa, dos simpáticas jubiladas se remangaban la falda para la tarea. El molino de Rus En la carretera de Santiago el espectáculo continuaba. Cada pocos metros había una fogata. Incluso en el molino de Rus. Lejos de la carretera, sin molestar a nadie, se congregaban una treintena de amigos. El lema: divertirse hasta el amanecer en tan señalada fecha (especialmente uno de los organizadores, que estaba de santo). Desde la una y media de la tarde, cuatro de ellos guardaban el sitio. A las ocho comenzaron a arder la leña para conseguir las brasas. Había mucho churrasco que asar. Tecnología Sobre las diez empezó la fiesta grande. Un coche ponía la música. La luz natural fue desapareciendo y se puso en marcha el generador para encender las luces de colores y los focos. Todo un alarde de tecnología en medio del campo. Parecía una verbena. La comida, más que abundante, se bajaba con una cervecita. A las doce se apagaron las luces y se encendieron las bengalas. Un efímero espectáculo de luz para entrar en el día de San Xoán. Después llegaron los destilados. El espíritu se iba haciendo libre. La gente bailaba encima de enormes piedras que hacían de improvisadas tarimas. Se escuchaba todo tipo de música. Desde U2, pasando por algún grupo heavy hasta llegar a los éxitos del verano. El Hasiendo el amor de Dinio logró que muchos se levantasen del suelo y se pusieran a cantar. Los que se resistieron al cubano no pudieron hacerlo con la canción del familiar de Franco, Ese Pocho. La fiesta se acabó de armar. Grito unánime «ese Pocho, ese Pocho, eh!». Pero en medio alguna voz dijo «pero eu chamei para que gañara Yola». Poco después, en una esquina, alguien contaba chistes. En otra, los asistentes saltaban la hoguera a la consigna de «meigas fóra, meigas fóra, meigas e meigallos ó carallo». Al agua La fase del río no tardó en llegar. No hay fiesta cerca del río en la que alguien no acabe en el agua. Algunos por voluntad propia y otros sin ella, se mojaron seis. Los más experimentados, como Pablo, llevaron ropa para cambiarse. A los demás les tocó intentar secarse al calor de la hoguera. Se sacaron los tenis y los calcetines y los colocaron cerca de la cachela. Los deportivos humeaban pero no acababan de secarse y la ropa se podía retorcer infinidad de veces antes de que dejara de soltar agua. Poco después el frío comenzó a hacer mella entre los bañistas, así que buscaron prendas en los maleteros de los coches. Con un poco de esfuerzo consiguieron ropa seca. Aun así, los modelos conseguidos eran de lo más sorprendentes, e incluso pudo verse una camiseta con el lema Ánimo Iván (pues ánimo). Hasta las ocho A las cinco, el cansancio comenzó a hacer mella. Unos se fueron y otros dormían al lado de la cachela. La mayoría se resistía a que la fiesta terminase y comenzó la ronda de las historias. «¿Sabes que en ese pantano desaparecieron seis personas?». Desde el bosque, un láser rojo hacía señales. ¿Una meiga? No, Mario, que escapaba de sus amigos para evitar caer en el río. Así hasta las ocho.