Recién levantado y a punto de empezar a afeitarse, Alberto Aguiar se quedó solo en casa, a la fuerza. Las tres plantas que había debajo de su buhardilla se desplomaron y él, claro, tuvo que salir por piernas sin esperar a ver si el altillo que ocupaba seguía la misma suerte que el resto del edificio. No tuvo tiempo ni de coger su cartera. Como quiera que la zona de la vivienda que él ocupaba estaba justo encima de las escaleras, separada del resto de los pisos, finalmente la buhardilla no se derrumbó y quedó suspendida, en medio de la nada, como si se tratara de un torreón medieval. Y también como en los cuentos del tiempo de los caballeros, el final de la escalera tiene premio: todas las pertenencias de Alberto Aguiar y del anterior inquilino del inmueble, un amigo suyo que tenía alquilada la casa, se fue a Londres y le dejó mientras tanto la vivienda. Noticias para Londres Desde Inglaterra, el otro afectado aún no sabe qué hacer. Le gustaría regresar, pero tendría que perder días de trabajo para, seguramente, obtener muy poco fruto, ya que las gestiones en A Coruña no avanzan. Beatriz, la novia del coruñés viajero, que vive con él en la isla, lo explica así: «El primer vuelo que llega a la ciudad no aterriza hasta después de las tres, con lo que estarían cerradas las oficinas y tendríamos que quedarnos un día más. Además, tampoco iba a servir de mucho, tal y como están las cosas». Y es que Alberto les da noticias de que la situación aquí no es la mejor. Ayer le contó sus saltos de ventanilla a ventanilla, del Ayuntamiento a la constructora y de allí al administrador, para quedarse como estaba: con la vida colgada al final de una escalera. Porque allí, en la buhardilla del número 2 de la travesía de Padilla hay bicicletas, material fotográfico, muchas prendas de ropa y muebles (cuando llegó el primer inquilino, la vivienda estaba vacía y tuvo que comprarlo todo, además de hacer reformas en el baño, que corrieron por su cuenta). En todo lo alto siguen también el carné de conducir de Alberto Aguiar y todas las cosas que había ido trasladando allí, desde que hace un mes empezó a vivir en la casa. Unas pertenencias que han valorado en cerca de sesenta mil euros, pero que preferiría recuperar antes que cobrar por ellas. Ahora ha tenido que volver al hogar familiar (tiene 30 años) y dedicar su tiempo a solucionar un problema del que lo único que tiene claro es que no tiene ninguna culpa. Gira por las ventanillas La mañana de ayer, por ejemplo, la empezó con una visita al departamento de Ruinas, a donde le llevó una notificación de derribo inminente que le había llegado a su nuevo domicilio. Allí le dijeron que no saben si se podría entrar en la buhardilla si ésta se asegura, y le mandaron a hablar con la constructora que realizaba las excavaciones. En dicha oficina tampoco le aclararon nada: «Me dijeron que no me podían ayudar», explica. En vista de eso, se le ocurrió ir al administrador de la propiedad, donde le aclararon que allí lo único que hacían era cobrarle el alquiler. Cansado de tanta vuelta, y en vista de que, si nada cambia, el altillo será derribado hoy, Alberto empieza a estudiar acciones legales por si no le dejan llegar al final de la escalera.