El urbanismo es una ciencia hostil. Los ciudadanos de a pie asociamos términos como calificación, uso o aprovechamiento con materias que poco o nada tienen que ver con la ordenación del territorio; algo que, sin embargo, nos afecta a todos. Y, a pesar de la importancia del urbanismo en el desarrollo de un pueblo, llama poderosamente la atención la falta de cultura urbanística que, en general, tienen nuestros representantes políticos. Salvo excepciones, insisto, los gobiernos municipales carecen de un diseño global para el territorio, conciben las obras como proyectos a cortísimo plazo _más o menos el que dura un mandato_ con el que intentar contentar al mayor número de personas posible. Y así nos va. Eso que llaman el interés general acaba convirtiéndose más veces de las deseables en un interés muy particular, cuyos frutos se aprecian con un simple vistazo a nuestro alrededor. Pero lo peor es que no aprendemos de los errores. Seguimos haciendo «casas e rúas», como acuñó en cierta ocasión el alcalde de Carballo, en lugar de construir aldeas, pueblos y ciudades para vivir. Seguimos cometiendo, a escasos kilómetros, los mismos errores que se cometieron hace 30 años en la capital de Bergantiños, con la única diferencia de que, en lugar de antiestéticos edificios, ahora los construimos vistosos, coloristas y cada vez más altos.