¡Qué noche la más corta del año!

ANA RODRÍGUEZ A CORUÑA

CARBALLO

FOTOS: EDUARDO

Miles de coruñeses salieron a la calle, un año más, para celebrar la fiesta de San Juan y conjurarse contra las meigas y los malos espíritus Las sardinas se vendieron a precio de oro -entre cuatro y seis euros el kilo-, pero se comieron. ¡Vaya si se comieron! Y también churrasco. La humedad hizo de la noche un escenario no excesivamente caliente, pero arropó con holgura a los coruñeses. Decenas de personas iniciaron la ocupación de los arenales de Riazor y Orzán ya a primerísima hora de la tarde. Al anochecer se juntaban por cientos y, con la explosión de las «lumeradas», la muchedumbre ya se contaba por miles. Y, así, por cada esquina. Un equipo de treinta bomberos y otro de dieciséis agentes de la policía local velaron para que nada malo pudiese suceder. Ya lo hicieron mucho antes, durante el día, para evitar desórdenes mayores en la preparación de las hogueras.

24 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

La humedad convirtió el San Juan en la velada de las cazadoras vaqueras. A medianoche, la ciudad olía a humo. Y a sardinas. Y a churrasco. A todo menos a domingo por la noche. Y es que, a pesar de coincidir con la víspera de un día laborable, los coruñeses no perdieron la oportunidad de decirle adiós al invierno y a las meigas. Y a su polémica L. Se consumía ya un trecho de lunes cuando comenzó a arder una de las fallas más famosas de la ciudad -sin desmerecer al gigantesco castillo del barrio dos Mariñeiros, en Peruleiro-, en la que una enorme meiga se llevaba con ella la L del topónimo. En Riazor y Orzán, miles de personas («más de veinte mil», decía la policía local, y «más de cincuenta mil», afirmaban los sanjuanistas más fieles a la tradición) se arrimaban a las hogueras. Unos, en familia. Otros, en pandillas de amigos. Muchos niños, muchos adultos, muchos ancianos. De todas las edades. La ciudad estaba abarrotada. La policía local, los volutarios de Cruz Roja y los bomberos organizados en fases para velar por la seguridad de la noche confiaban en que nada malo sucediera. Y también una joven que, mientras bajaba las escaleras hacia Riazor, le decía a una amiga: «¡A ver si este año no me pasa nada! Porque en los últimos...». No dijo más.