La relación entre el territorio francés del Finistere y los municipios de la comarca ya es firme, al margen de los hermanamientos Recién llegados del viaje a la Bretaña francesa, huida la resaca del largo trayecto -diecisiete horas en total, entre autobús, esperas y aviones-, es hora de hacer balance de lo que han significado los cinco días de estancia en el Finistere francés, el occidente más occidental del territorio galo. Balance oficioso, puesto que responsables de Neria y artesanos emitirán una valoración conjunta. Si algo está claro entre todos, al margen de que se concreten en el futuro los hermanamientos comentados, es que la Costa da Morte y el Finistere han quedado unidos merced a la extraordinaria relación entre la delegación gallega y la anfitriona.
20 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.El hermanamiento se percibe en los gestos, la amabilidad y la cordialidad que los numerosos bretones con los que hemos conversado nos han dispensado. Es lo mejor del kilométrico viaje, que puede resumirse también en sensaciones a modo de rápido diario de notas. En lo práctico, la iniciativa de Neria ha servido para aprender mucho en lo político, lo social, lo cultural y lo comercial. JUEVES 14. Salimos de madrugada de Santiago y llegamos de noche a Planeour y Penhors, localidades del Pays Bigouden en la que nos hospedamos. Recorremos toda la Bretaña en autobús. El ambiente es excepcional. VIERNES 15. Partimos del hotel y nos sorprende el mar, enorme. Como en Carnota. Al lado de Penhors hay una explanada con la estatua de una virgen donde cada año se reúnen miles de personas. Buen modo de empezar. Visitamos la ciudad más cercana, Kemper o Quimper. Hermosa, antigua, las inundaciones la han sacudido la semana anterior y ya tienen ayudas. Conocemos el funcionamiento administrativo del Finistere en la sede de su Consejo General. Inauguramos la exposición de artesanía, con 85 puestos. Intercambio de experiencias y planes de futuro con los alcaldes de la región, una entidad similar a Neria y la agrupación artesana regional. SÁBADO 16. Otra intensa jornada: al Museo de Barcos de Douarnenez, a su ayuntamiento de 17.000 habitantes, a la impresionante ciudad de Locronan y a la exposición sobre la Costa da Morte en el salón de actos de Planeour. A mediodía conocimos los crepes típicos de la zona en todas sus variantes, y en las constantes recepciones las variantes que conocemos son las de la sidra, a la que nos invitan sin cesar. Por la noche vamos a un concurso de gaiteiros. El artesano muxián Coque Toba se presenta y ¡queda segundo!, acompañado a la pandereta por la edil Rosario Vázquez. DOMINGO 18. Quienes lo desean, se dan una vuelta por las iglesias cercanas y perciben el silencio dominical del pueblo. Siempre hay silencio, realmente. Por la tarde, el éxtasis: el Calvario de Tronoen, el más antiguo de Bretaña y por el que pasó en su día Castelao. No hay palabras. Después, dólmenes y menhires, un faro enorme, el ancho mar y así. LUNES 19. Conocemos Pont-Croix, pueblo que se hermanará con Malpica algún día, y encuentro con los alcaldes de la mancomunidad de Cap Sizun. Cena de despedida. Adiós con el corazón. MARTES 20. Partimos muy tempranito en autobús. Despertamos en París. A lo lejos, entre brumas y difusa, la Torre Eiffel. Aeropuerto de Charles De Gaulle, vía Barcelona en vuelo de Iberia. Después, a Santiago. Antes de aterrizar, sobrevolamos Sogama y el agujero de Limeisa. A lo lejos se ven las Illas Sisargas, entre brumas y difusas.