Cortejo animal, un amor que garantiza la biodiversidad

Aunque en el Día de San Valentín hay que recordar que la fidelidad también existe en el reino animal, en general manda la promiscuidad. La de la abeja reina, por ejemplo, es fundamental para alumbrar un ejército de polinizadores capaz de garantizar el sustento de la humanidad.


redacción

San Valentín. Día de los enamorados, una jornada para ensalzar no solo el amor en pareja, también el amor por la naturaleza. Y qué mejor modo de hacerlo que cambiando hábitos para que esta mejore su salud. Porque eso, como dijo en su día la presidenta de la Comisión Europea,  Ursula von der Leyen, «es fundamental para nuestro bienestar físico y mental y nos ayudará a luchar contra el cambio climático y los brotes de enfermedades. Es un elemento esencial de nuestra estrategia de crecimiento, el Pacto Verde Europeo, y forma parte de una recuperación europea que devuelve al planeta más de lo que le quita». De hecho, el fomento de la biodiversidad y la conservación de especies es uno de los asuntos que trata de fomentar la nueva política agraria común (PAC) al incentivar prácticas agrícolas respetuosas con el medio ambiente que permitan combinar la actividad de los agricultores con los ciclos reproductivos de las plantas o animales que pueblan los diferentes ecosistemas. Para la conservación de especies tiene mucho que ver también la reproducción y, ahí, entran en juego los hábitos de galanteo o apareamiento de las distintas especies. No hay ni que salir de la granja para observar esas prácticas románticas en el mundo animal. Por no hablar de las que se dan en medio de los campos. Entre estas últimas destaca el papel de insectos como la abeja reina, cuyo apetito sexual es fundamental para mantener una especie de polinizadores fundamentales para garantizar a alimentación de la humanidad. 

Desde joven la abeja reina realiza vuelos en los que va apareándose con distintos zánganos que acaban muriendo luego de copular. En un artículo publicado por la BBC mencionan que el  entomólogo Héctor Cabrera-Mireles buscó qué especies eran en las que las hembras copulaban con mayor número de machos. Descubrió que una de las más promiscuas era la abeja melífera. De hecho, eso la protege de enfermedades por la alta variedad genética de su descendencia. 

Eso ocurre fuera de las granjas, pero dentro también hay animales a los que no sobra un punto de promiscuidad. Basta con observar lo que ocurre en el interior de un gallinero. No es extraño que en las explotaciones tradicionales de Galicia haya un gallo que reina entre un ejército de gallinas dispuestas a caer en sus redes. Cuando el macho busca aparearse con alguna hembra empieza un cortejo en el que baja un ala y empieza  abailar en círculop, mientras la gallina se agazapa para comunicarle que está lista para recibir su amor.

En las granjas familiares de ganado bovino de carne, fundamentalmente, el cortejo también es fundamental para fecundar a las vacas. Un toro no se conforma con una sola hembra. Ahí las feromonas que va desprendiendo una hembra en celo tienen mucho que decir. Porque el toro detecta cuando sube el nivel de estrógenos de la vaca y comienza el galanteo.

 No cabe duda entonces que el cortejo, tanto entre especies más promiscuas como las que no, es fundamental para conservar la vida. 

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