Manolo Cores


Manolo Cores fue un hombre de trato afable, sonrisa templada, abrazo firme y alma buena. También fue uno de los fundadores, junto a mi abuelo Emilio Sanmamed, de la Festa da Dorna. Como yo no conocí a mi abuelo pero sabía que Manolo y él habían sido buenos amigos, un día me paré a hablarle. Conectamos bien, supongo que era casi imposible conectar mal con un hombre tan afectuoso como él. Desde entonces siempre charlábamos cuando nos encontrábamos y me ayudaba a trazar puentes entre cómo me imaginaba a mi abuelo y cómo era en realidad.

Compartíamos cierto entusiasmo al hablar de aquella época. Manolo tenía un mirar limpio y rocoso por donde desfilaban los recuerdos como una cascada, con ese murmullo del agua reconstruíamos la Ribeira preconstitucional, la playa de Colomer, el alto y gordo estado mayor... La Dorna había nacido con una base humorística, pero tenía un trasfondo filantrópico. Decía Unamuno que «todo acto de bondad es una demostración de poderío». Es curioso cómo funcionan los relojes de la memoria: a veces lo mejor de nuestro día era algo que había sucedido hace años.

Manolo Cores caminaba mucho, entendía que todo viaje comienza con un paso, por eso parecía que valoraba más darlos bien que darlos rápido, cosa que lo revestía de la solemnidad de los que estiman más el camino que el destino. Risueño y humilde, fue un hombre rico, porque llevaba consigo todas las sendas que anduvo, esa y no otra es la verdadera fortuna: habernos dejado tantas huellas y tan profundas… Descansa, Manolo, que aquí en la peatonal ya caminas para siempre.

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