Peras


Siempre que voy a Santiago veo una gaviota. No sé si todas las veces es la misma, me gusta creer que sí. Una gaviota que se alejó, como mínimo, 40 kilómetros de la costa -la más cercana es la de Noia-. Me gusta esa gaviota, mucho más que las insoportables ratas voladoras de Ribeira que el 25 de julio me despiertan graznando su profana versión del Halleluhah de Händel. No, esta gaviota es especial, ha persistido en su error y en su error ha traído el mar a Santiago; imperceptible, diminuto, intrascendente… pero mar.

Me gusta la gaviota como me gusta el niño que saluda al avión del cielo o el octogenario que corre una maratón. Estas insistencias perennes que se mueven a caballo entre lo minúsculo y lo épico me conmueven. Creo, además, que así es mi forma de escribir: como una gaviota en Santiago. Una vez, convencido de que no servía para esto de la literatura, cogí mis libretas manuscritas y las eché al contenedor de papel, había tirado todos mis poemas de mierda. Volvía a casa triste y fracasado, más de lo habitual digo… pero ¡ay! en mi cabeza se iba formando la idea de que algún operario de la planta de reciclaje encontraría mis cuadernos, los abriría, leería mis versos y se emocionaría.

Esta insignificancia me hizo cambiar de rumbo, me fui a una papelería a comprar otra libreta y luego a un bar a creerme Hemingway de nuevo, emborronando hojas al calor del fracaso. No sé, supongo que el mensaje de este artículo, de haberlo, sería: hay que insistir. Aunque les digan que es perder el tiempo. La gaviota seguirá en Santiago, y yo seguiré pidiéndome peras siendo un olmo.

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