Samu

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

RIBEIRA

Un número desconocido. «¿Eres Emilio?». «Sí». «Soy la madre de Samuel». ¡Crack! Oigo el cerrojo de los recuerdos quebrarse, las fotos de la memoria se vierten en mis pupilas. Samu. Lo conocí cuando vivía en Madrid y me creía Bukowski. Aún había bares heavys en los bajos de Argüelles e iba allí a emborracharme y escribir poemas en mugrientas libretas mientras las mangas y el alma se pegaban a la barra por el whisky derramado.

Dos fuegos tiene Madrid: su verano y el corazón de Samu, que es como decir que tiene dos veranos. Coincidimos en una época donde ambos teníamos gustos similares y unas carencias de personalidad más profundas que la laguna Estigia. Conectamos en seguida, queríamos ser artistas malditos, Kerouac y Rimbaud pero sin su talento. Era más guapo que yo, bebía más que yo, escribía mejor que yo, lo tenía todo. La vida le había dado una mano de cartas fabulosa, pero le hizo un all-in al malditismo y perdió. Se quedó prendado del baño del after, haciendo mal uso del DNI. Nos fuimos distanciando. La última vez que lo vi ya no era tan guapo y me confesó por qué mis libretas de poemas nunca llegaban conmigo a casa, él me las robaba.

«Quería pedirte tu dirección, Samuel está en la cárcel y le gustaría que os escribáis». Me dijo su madre. Qué extraño me soy a mí mismo cuando miro hacia atrás. ¿Cómo le dejé caer así? Fue instinto de supervivencia, vi la espiral descendente en que nos sumergíamos y no quise ahogarme. Fue instinto de supervivencia? pero no puedo sacarme de la boca un áspero regusto a culpabilidad. Perdóname, Samuel.