Cuidar lo nuestro es cuidar lo de todos

RIBEIRA

Lo pagamos todos, pero parece que como las responsables de su mantenimiento son las Administraciones uno puede hacer lo que le dé la gana con el mobiliario y los servicios públicos. Total, que importa si le damos una patada a una inofensiva papelera y la abollamos. O peor aún, si nos ensañamos con ella hasta que quede inservible y su contenido esté esparcido por las calles, que así sumamos el trabajo de los barrenderos municipales o de la empresa que se encarga del servicio de la limpieza de las travesías al coste de su reparación. No importa, ya que será el Concello el que se hará cargo de reponerla y eso sí, que no tarde mucho que para algo pagamos nuestros impuestos.

El problema es muy posible que esté en la base. La educación que se recibe es el reflejo de lo que una persona será en el futuro y eso puede tener consecuencias. La tijera es muy útil y cómoda para recortar ciertas cosas, pero aplicarla sin, posiblemente, valorar con mucho detenimiento las consecuencias puede provocar el efecto contrario al deseado.

Diferentes decisiones políticas que los señores que mandan aseguran que se han visto obligados a tomar buscando la austeridad y el ahorro para salvar al país de la quiebra, puede que no beneficien a que las personas, principalmente los jóvenes, entiendan correctamente el matiz que acarrea la palabra público.

Público no quiere decir que podamos hacer con él lo que nos apetezca, cuando nos apetezca y donde nos apetezca. La palabra público lleva aparejado casi sin excepción el sentido de la responsabilidad, porque lo que pagamos entre todos a través de nuestros impuestos está también a disposición de todos para que podamos disfrutarlo. 

En este sentido, juega un papel importante el sentido de la propiedad. Cuando algo lo vemos como propio lo intentamos proteger y cuidar a toda costa, procuramos no dañarlo para que se conserve en buenas condiciones el máximo tiempo posible para disfrutarlo. Lo mismo debería de dar que se tratara del móvil de última generación que llevamos en nuestro bolsillo para estar conectados las 24 horas del día a todas las redes sociales existentes, que la marquesina que utilizan cientos de vecinos para aguardar la llegada del transporte público (otra vez vuelve a aparecer la palabra) para desplazarse al no disponer de un automóvil particular. 

Algo tiene que cambiar y debería ser en el principio de la cadena, ya que los actos vandálicos dejan de parecernos algo denunciable, a no ser que sean muy exagerados, porque ya no nos sorprenden. Ahora, lógicamente, nos escandaliza que un joven pegue a sus padres porque no le hayan regalado un teléfono móvil. Esperemos que no se convierta en algo habitual.