DESDE FUERA | O |
12 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.UNA IMAGEN que siempre me ha estremecido es la representada por Eduard Munch en su cuadro El grito . Un rostro espantado abrazado por unas manos que intentan, en vano, tapar los oídos para no oír. Un cuerpo retorcido y enclenque. Al fondo, tras una balaustrada, un par de botes flotan en un lago bañado por la luz de un horizonte ocre y amarillo. Y el grito parece abarcarlo todo. Pocos lugares quedan ya en los que un grito pueda ser oído. Entre ellos, el jindastre de Noia. Ese muro, antigua pared, que hoy mira directamente a la cara de Noia sin ruborizarse, testigo perenne de las vidas de los volátiles noieses, sirve para que, como Munch en su lienzo, los espíritus sensibles demuestren su rebeldía para con lo establecido por quienes buscan moldear nuestras vidas a su antojo. De un tiempo a esta parte, una bandera de Nunca Máis nos recuerda que los acontecimientos quedan, no se diluyen, no se olvidan. Alguien, puerilmente, la borra de vez en cuando pensando, quizás, que ojos que no ven corazón que no siente. A las pocas horas, al igual que la sangre en el suelo de aquella película de misterio de cuyo nombre no puedo acordarme, la pintura parece brotar de la propia piedra. El grito vuelve a escucharse.