DESDE FUERA | O |
07 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.MUCHOS SON los elementos que determinan la idiosincrasia de un pueblo; elementos que, combinados con el efecto que producen en las gentes, convierten a dicho pueblo en un lugar habitable o, por el contrario, en un reducto de odios, envidias y venganzas. Este último es, a mi modo de ver, el caso de Noia. Un lugar de pálidos rostros verdes donde la armonía brilla por su ausencia. Esta carencia es provocada en buena medida por la escasez de trabajo y las anémicas expectativas de futuro, algo que, de no remediarse, hundirá al pueblo en una especie de olvido, relegándolo a ese lugar donde quedan guardados esos sueños que nunca recordamos. Ocurre como con el arco iris: todos lo perseguimos pero nadie logra alcanzarlo nunca, impidiéndonos así encontrar la olla de las monedas de oro que, de seguro, está enterrada donde los siete colores tocan el suelo. Todo ello provoca una insana convivencia donde, salvo contadas excepciones, cada uno busca su propio provecho y, a poder ser, la desgracia del vecino. Como en el Edén, la paz y la armonía han sido expulsadas a causa de nuestros pecados, para regocijo de los que provocaron la caída.