DESDE FUERA | O |
17 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.AYER FUE el día de Antón Avilés de Taramancos. En la alameda de Noia se descubrió un busto del poeta. Con mirada asombrada y rotundo en su gesto al ser liberado de la bandera que lo ocultaba, Antón contempló el cuadro que se exponía ante él: aplausos, sonrisas y rostros de todos los colores que, impúdicamente en algunos casos, fueron ensayados para la ocasión; otros, Antón lo sabe bien, reflejaban emoción verdadera. Lo supo cuando sintió una mano cálida apoyándose en su mejilla. Era la mano de Sofi, su esposa, que transportaba un beso en la yema de sus dedos. Al sentirlo, y superando la resistencia del bronce que lo inmortaliza, Antón sonrió durante un instante. Luego, su semblante recuperó la expresión que mantendrá eternamente. Avilés fue homenajeado ayer en Noia y durante todo el mes en la mayoría de los colegios e institutos gallegos. La televisión de Galicia, haciendo honor a su fama de protectora y salvaguarda de la cultura gallega, decidió recordar al vate emitiendo un programa de veinticinco minutos, a la una y veinte de la madrugada de hoy domingo. Una insolencia digna de los que, a diario, nos hacen comulgar con ferreñas de pandereta.