«Tiven que aprender eu mesmo a tocar»

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Ribeira / La Voz

Doblan las campanas en Taragoña. Esta vez no hay difunto en la parroquia, pero sí está previsto un aniversario, así que a su hora, Javier interrumpe su faena, apaga el cortacésped y se dirige al lateral de la iglesia. En el muro reposan dos largas cuerdas que proceden del campanario. Porque en esta parroquia rianxeira, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría, es él, y no un sistema automatizado, el encargado de repicar los metales para anunciar que se ha muerto alguien.

«Son as doce e acabouse, ata a tarde». Y Javier coloca las cuerdas en su sitio para dejar reposar las campanas por unas horas, mientras explica que es el sistema que ha adoptado para evitar las idas y venidas al campanario de la iglesia. No es un capricho. Todo tiene su porqué. Resulta que el campanero de Taragoña, que es de Boiro, trabajaba en el mar, pero tuvo que dejarlo porque está operado de las caderas, así que lo de subir y bajar escaleras no es lo más recomendable para su salud, por eso solo se encarama a lo más alto del templo cuando la ocasión lo merece, como en los entierros: «Agora non é coma antes, que estaban todo o día alá arriba».

No hace mucho que ejerce el oficio, de hecho, hace menos de una década que llegó a Taragoña para echar una mano al párroco y al anterior enterrador, puesto que ahora también ocupa Javier: «Todo é cuestión de acostumarse». Lo de tocar la campana tiene su aquel, y a él le tocó ser autodidacta: «Tiven que aprender eu mesmo, de cada enterro que ía, ía collendo algo, que a min ninguén me ensinou. Porque o que había aquí antes ensinoulle ao outro enterrador, pero quen quedou aquí fun eu, non el». Los códigos del repicado de campanas ya los domina: «A xente sabe cando é home e cando é muller, que é o que interesa».

La clave está, para los profanos en la materia, en el tamaño: «Cando morre unha muller, a campá acaba sempre en pequeno e o home en grande». Aunque esto no es una ciencia exacta, como cuenta Javier: «Depende do lugar, noutros sitios repenican dúas veces para muller e tres para home. Eu fago para todos igual. Iso son costumes».

Parroquia peculiar

Saluda con familiaridad a quienes se acercan al camposanto, como una mujer que pregunta a qué hora es el cabo de año de la tarde: «Ás sete. ¿E logo hoxe veu? Iso quere dicir que vai mellor das pernas». Mientras, sigue contando historias de una parroquia que tiene sus peculiaridades, como el mismísimo campanario, que se construyó más tarde que la iglesia, por eso solo se puede acceder a él por el exterior.

Habla también de los descomunales eucaliptos que presiden el acceso al recinto y de otra de las grandes historias de Taragoña, la revuelta que protagonizaron los vecinos contra la Iglesia hace casi 50 años por el traslado del cura: «Había un párroco que miraba polo pobo e a xente é o quería. O que está agora tívoo complicado cando chegou, o primeiro neno que bautizou foi aos cinco anos de estar aquí, e nos enterros non ían á misa, non entraban na igrexa. Aínda hoxe algún se nega, pero moi poucos».

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