Desde el Consello Económico y Social de Galicia (CES), a través de su memoria del 2025, por unanimidad, se instó a la Xunta a tomar medidas para revertir el deterioro de la sanidad en Galicia. Una institución tan poco sospechosa de ser alarmista o poco rigurosa urgía al gobierno autonómico —que tiene todas las competencias— a «reforzar todas las medidas de eficiencia del gasto sanitario y de capacidad organizativa y disponibilidad de recursos humanos y materiales para revertir» la situación de las listas de espera.
Por eso, cuando esta semana el conselleiro de Sanidade visitó Barbanza para —a bombo y platillo— sacar pecho de una inversión de 410.000 euros en un área sanitaria que atiende a 62.000 personas, no tenía muy claro si echarme a reír por la sobreactuación o echarme a llorar por el despropósito político de una Xunta que a cara descubierta nos muestra el camino a la sanidad privada.
En nuestra comarca, a la que hace poco y con años de retraso han dotado de una ambulancia con soporte vital, las deficiencias quizás aún son mayores que en el contexto gallego, ese que ha forzado la severa reprimenda del CES al Sergas.
Los centros de atención primaria son tal esperpento que el mismísimo Don Ramón María se vería excedido. La aplicación móvil del Sergas es inservible para solicitar una cita: ¡nunca están abiertas las listas para los médicos de cabecera! Falta personal, faltan medios, no se cubren las bajas… Y la organización brilla por su ausencia. Sobre el hospital ni dos artículos me darían para reseñar sus deficiencias.
«Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento».