Comienza un nuevo año y retomamos un viejo problema: el elevado número de perros sueltos en zonas públicas que molestan, acometen o muerden a los usuarios. Aunque la cuestión es clara, para evitar ataques por el flanco animalista, decir antes de nada que el problema son los dueños; o su falta de educación al incumplir las normas, invadir el espacio de los demás y buscar excusas peregrinas para justificarse.
Personas que reivindican el derecho de sus mascotas a permanecer sin ataduras ni limitaciones olvidándose de los derechos de las demás a no ser molestados por ellas. Es difícil encontrar a alguien que recorra los paseos de la comarca habitualmente, que disfrute de sus montes y ríos, tanto andando como corriendo, de sus playas o parajes rurales que no haya tenido tropiezos que van desde los sustos a las mordidas.
Y resulta increíble que ante la desidia de ciertos propietarios de perros de raza catalogada como peligrosa, o de gran porte, que están sueltos —a veces sin estar los dueños presentes— nadie adopte medidas al respecto. Preocupante la vigencia del mantra según el cual en las aldeas los perros pueden campar a sus anchas, como si estas fuesen un espacio ajeno a las normas. Un limbo donde prevalece el libre albedrío de los canes sobre el de las personas y, por tanto, podrás circular por sus caminos siempre y cuando los perros lugareños lo tengan a bien, que para eso son nativos y tú un visitante.
En general los perros son inteligentes, cariñosos y fieles. Pero son perros, animales que siempre conservarán un aspecto impredecible ante situaciones desconocidas.