El alma se serena, así se titulaba el cierre de la emisión de la televisión española, en blanco y negro, allá por los años 60. Se pretendía que antes de ir a dormir, se calmase el espectador con paisajes relajantes, frases líricas o religiosas. Luego venía la foto de Franco, banderas al viento y por fin fundido a negro hasta el día siguiente. Hoy en día la televisión nocturna pretende todo lo contrario, espabilarte el sueño.
Si uno quiere relajarse, la televisión no ayuda, todo son películas violentas, debates encendidos entre tertulianos que se tiran a los contrarios a sus ideas de forma despiadada, largas sesiones de anuncios machacones, programas de auténtica basura sin ninguna consideración ética o estética. Da miedo tanta mediocridad y contenido vacuo para adormecer las mentes, todo favorecido por un ritmo vertiginoso y envolvente del programa. De todo lo enunciado solo se salvan algunos programas culturales, algún documental, película o reportaje interesante.
La señora María, harta de tanta basura y de cambiar de cadena, antes de sufrir un micro enfado solía apagar la televisión y buscar algo con que entretenerse. En este caso buscó un viejo fajo de cartas antiguas, algunas ya amarillentas, unas tenían en los bordes marcas de colorines, eran de un papel más delgado y todas ponían en una esquina «por avión»; otras eran sobres blancos con unos folios dentro, a veces pautados, escritos a mano con pluma estilográfica; e incluso algunos sobres con marcas negras indicando que el remitente estaba de luto.
Su sorpresa fue grande cuando al abrir un sobre, este aún conservaba un suave perfume, esta era una carta de amor, volvió a releerla y se sonrió al ver la cabecera tan protocolaria así como la despedida, sonaba como si la hubiese escrito una persona ajena al auténtico remitente. Ella ya se había olvidado de aquella carta tan singular.
La reflexión sobre este género epistolar llevó a la señora María a recordar las cartas de Séneca a Lucilio, de carácter moral y filosófico; y repasó algunas de las de San Pablo cargadas de espiritualidad cristiana. Al leerlas, un suave sopor la invadía y notó que su alma ya se serenaba.