La política actual, desde la mundial a la local, parece moverse al socaire de la circense exclamación del ¡más difícil todavía! Basta con revisar alguna situación pasada para, tristemente, comprobar que todo lo que era susceptible de empeorar ha empeorado. Incluso más de lo que parecería imaginable. Pero no es esta una cuestión que atañe solo al ámbito político.
Sin jugar a discernir si fue antes el huevo o la gallina, esa parcela se nutre o retroalimenta de la creciente polarización de las sociedades actuales; en todos los ámbitos. Desde el público al privado. Desde el personal a las instituciones. Los cambios son muy rápidos y los cauces antiguos se desbordan. Un ejemplo lo tenemos en los partidos considerados tradicionales.
El resultado es que muchas personas, en su mayor parte descontentas, desilusionadas o que se consideran marginadas, se agarran a movimientos ideológicos radicales para expresar su rechazo al sistema. Una reacción que va en aumento y es difícil de combatir porque se utilizan medios de propagación al margen de la profesionalidad, sin reglas y con intereses opacos. Esa contaminación sistémica de la información es el fango.
Pero hay otra deriva más preocupante: la tendencia al activismo y partidismo en ámbitos como la Justicia y los medios de comunicación que, hasta ahora, al menos en apariencia, eran pudorosos en sus escenografías y representaciones. Dos estamentos fundamentales en una sociedad democrática. Con todos estos mimbres, que no me ofrecen mucha confianza, nos jugaremos nuestro destino como país, como Unión Europea y como civilización.