Cuando uno entra en el instituto, salvo contadas excepciones, no tiene ni pajolera idea de a qué se dedicará profesionalmente en un futuro, por lo que comenzar a encauzar los estudios eligiendo una rama formativa u otra cuando apenas se tienen 14 o 15 años se antoja un poco complicado. De hecho, incluso cuando se acaba el bachillerato o se realizan las pruebas de la ABAU, muchos siguen teniendo serias dudas de qué grado universitario o ciclo de formación profesional es el más adecuado para sus pretensiones laborales, y eso siempre y cuando la nota conseguida en los exámenes les alcance para poder matricularse.
Y es que aquí llega otro grave problema, porque hay muchos jóvenes que sí que tienen muy claro qué quieren estudiar; y después de esforzarse durante años e intentar sacar buenas notas, llega la hora de entrar en una carrera y, por unas míseras décimas, se quedan a las puertas y sin poder acceder; obligándolos en muchas ocasiones a cursar otro grado o ciclo o a repetir las pruebas esperando que en la próxima convocatoria haya más suerte.
Muchos de estos estudiantes, para no perder el año, optan por titulaciones que podrían ser interesantes y les convalidan asignaturas, pero apenas disponen de unos pocos días para decidirse, puesto que a medida que pasa el tiempo se cierran más grados y con ellos se esfuma la posibilidad de entrar en alguno.
No es de extrañar que con esta toma de decisiones in extremis, muchos jóvenes acaben matriculándose en titulaciones que no acaban de engancharlos y terminan por abandonarlas. Algo se está haciendo mal.