Se fueron sin hacer ruido. Desaparecieron de un día para otro sin que apenas nadie se diera cuenta, porque hacía años que estaban desahuciadas y solo servían como saco de boxeo para los vándalos. El único rastro que han dejado son algunos agujeros en aceras o plazas, donde las baldosas nuevas delatan que un día allí hubo un cabina telefónica.
Sí, ese dispositivo que hace décadas parecía la última tecnología que permitía hablar desde esta esquina del mundo con amigos o familiares alejados miles de kilómetros. Que solo funcionaba con monedas y que con un «clon» anunciaba que el saldo se había agotado. Llegó a haber docenas por toda la comarca, y fueron modernizándose, pasando de aquellos cubículos acristalados donde uno también se podía refugiar del mal tiempo —y que tanto ayudó a publicitar José Luis López Vázquez—, a otras cabinas con diseños más futuristas y que apenas tapaban el teléfono.
Pero su final estaba escrito. Los teléfonos móviles y sus múltiples aplicaciones fueron arrinconándolas y en los últimos tiempos solo algún marinero despistado que llegaba a la comarca las usaba para hablar con su familia. Hace años que ya ni funcionaban, y lo único para lo que servían era para despertar la curiosidad de los más pequeños, que ni se imaginaban que esos fueron los primeros teléfonos públicos.
Ahora pasarán a formar parte de ese singular museo, donde compartirán espacio con radiocasetes, walkman, reproductores de vídeo o deuvedé, cámaras de carrete.... Todos esos aparatos que un día parecían casi de ciencia ficción y que ahora son antiguallas.