El carnaval, nuestro entroido o antroido, tiene sus orígenes en costumbres y tradiciones procedentes de los primeros asentamientos de la especie humana. Hay testimonios que así lo afirman, con gran variedad de matices, en todos los continentes. Sin duda, a día de hoy, constituye la fiesta pagana que más expresiones tiene en todo el mundo. Hablar de carnaval es hacerlo de colorido, libertad, alegría, música y diversión. Bien al contrario de lo que se hace físicamente, es momento de sacar las caretas y antifaces que nos impone el sentido del ridículo o lo políticamente correcto.
En nuestra tierra, como en casi toda España, después de a longa noite de pedra cuando se mantuvo de una forma más íntima y como expresión sin organización, al margen —y a pesar— del poder establecido, en su mayoría ligada al pueblo llano y a los enclaves más pequeños, ha tenido un desarrollo exponencial. Ahora los actos y actividades son programadas por administraciones y entidades. Incluso a las tradiciones más antiguas y anárquicas se las ha dotado de una organización mínima, acorde a los tiempos donde todo es esclavo de la agenda, de la responsabilidad civil y, por consiguiente, de los seguros.
Es posible que se perdiera espontaneidad, pero la originalidad y la participación está en cotas cada vez más altas. Hay cientos de actos y todos están concurridos. A lo que se suman muchas iniciativas de grupos para sacar el máximo rendimiento a una fiesta donde lo único indispensable es el buen humor. Solo desear que los cuatro impresentables de siempre —que haberlos haylos— no aprovechen las características de esta fiesta para dar la nota.