Al fin y al cabo

BARBANZA

16 sep 2022 . Actualizado a las 11:38 h.

Juventud, divino tesoro. No sé cuántas veces habré escuchado esa expresión acompañada de un suspiro a lo largo de mi corta existencia.

La mayoría de ellas tras alguna aventura típica de veinteañero; otras, debido a una prolífera vida nocturna; y las demás, por tener ganas de hacer algo de deporte después de todo. Pero sí, divino tesoro.

Los jóvenes llevamos colgado el sambenito de la irresponsabilidad, del jolgorio y de las salidas de tono, y con mucha razón. Pero nadie va a negar que en cierto modo es por envidia sana. Deseo de volver. Deseo de rememorar tiempos en los que lo único que importaba era qué se iba a hacer por la tarde, de regresar a los peinados extravagantes y a no tener ninguna preocupación más allá de que los amores de cada quien le dedicasen una mirada cómplice por la calle.

No nos pidan comprensión, no se la daremos. No tenemos ni la más mísera idea de nada y pensamos que sí. Nos creemos los dueños del mundo y no lo somos ni de nuestra propia casa. Anhelamos cosas inocuas y que jamás rozaremos. Ya nos llegará el momento, pero, mientras tanto, qué importa lo que pase o deje de pasar mañana.

Las arrugas no marcan nuestro rostro, algunos lucen cuerpos esculturales, otros melenas al viento y, los más desvergonzados, pantalones ajustados que poco dejan a la imaginación. Soy consciente de que todo esto se acaba, pero, mientras dure, voy a seguir aplicando el consejo que siempre les regalo a mis compañeros de viaje tras alguna de nuestras despreocupadas acciones: «Da igual chavales, porque, al fin y al cabo, somos jóvenes».