Esta semana cumplimos dos años de medidas excepcionales debido a la pandemia provocada por el covid. Dos años de incertidumbres, miedos, duras constataciones, ilusiones frustradas, pasos adelante y atrás, vergüenzas ajenas y despropósitos; sobre todo muchos despropósitos de quienes tomaban decisiones en las diferentes Administraciones.
Si algo ha puesto de evidencia esta crisis sanitaria y económica es la falta de preparación y competencia de un amplio espectro de los dirigentes públicos. Es el resultado de la mediocridad que domina la política al renunciar a ella —sea por estar denigrada o mal pagada, al menos en el primer plano— muchas personas con formación, responsabilidad y ética. Aquellas que atesoran la virtud más importante que debería tener un político, el sentido común.
Podríamos hacer un compendio de normas irracionales que se han adoptado a lo largo de estos dos años, pero harían falta muchas semanas para enumerarlas en esta humilde columna. Por ello, a modo ilustrativo, me quedo con una de las últimas. Es la obligación de colocar flechas en el suelo de todos los negocios, incluso los más pequeños, para indicarles a los clientes, a los que estas eminencias les suponen un retraso mental severo, que hay que circular por la derecha en ordenada fila sin chocar con el que sale porque de lo contrario el bichito nos va a papar.
¿Estos egregios dirigentes no tienen asuntos de más enjundia que llevarse a sus preclaras mentes? ¿De verdad que merecemos sufrir estos (i)responsables a modo de plaga divina? El fin de la especie humana vendrá por su propia estupidez y no por un meteorito.