La sonrisa del café

Alicia Fernández

BARBANZA

CESAR QUIAN

06 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Hoy quiero hablarles de esa mayoría de camareras y camareros que a pesar de las penas generales —y de las suyas particulares— nos saludan de forma simpática y educada, blandiendo la bayeta a modo de bandera blanca y la bandeja como puente con el cliente, cada vez que entramos en su local. Ser un profesional de la hostelería no está a la altura de cualquiera. Hace falta vocación y maestría para diferenciar entre ser servidor y servil, la amabilidad de la pantomima y la cercanía del exceso de confianza.

Una camarera o un camarero saben cuándo deslizar unas palabras, cuándo regalar una sonrisa o prestarnos un silencio. Son conscientes de que en su local a veces buscas reconciliarte con un mal día. Otras compartir uno bueno. Porque en esta sociedad de prisas e individualismos son, muchas veces, la familia o los amigos.

Me disgusta la escasa empatía de la que hacen gala esos clientes egocéntricos que no leen el contexto, que desprecian con prepotencia y que hiperventilan hasta convertir lo más sencillo en difícil. También los malos padres que no diferencian la cafetería del parque y a los camareros de los monitores ¡Qué decir de los que ni levantan la vista del móvil para pedir! Pero aún me disgusta más que las camareras sean víctimas de comentarios improcedentes, de gestos o acciones inadmisibles.

Señoras y señores clientes, el precio de la consumición no es un todo incluido. En él va el buen trato, la información, la consulta psicológica, el paño de lágrimas, la palabra de ánimo y hasta el consejo. A cambio solo se pide respeto y calma. Si quiere nota, un por favor y las gracias.