Las barras

Francisco Brea
Fran Brea EN LA CANTINA

BARBANZA

Durante las diferentes etapas de la pandemia, la hostelería ha visto como se cambiaban las medidas que les afectaban de forma constante. Diferentes aforos según el nivel de riesgo, solo la posibilidad de trabajar la terraza, cierre total de la actividad y ahora, en localidades con incidencias altas, la necesidad de tener un certificado que diga que no eres un peligro para la salud pública si abres la boca en el interior. Pero hay una norma que al principio también variaba y ya hace tiempo que se mantiene inamovible, la prohibición de consumir en las barras.

Puedo pecar de exagerado, pero en muchas ocasiones estas son un elemento diferenciador. Una barra acogedora es sinónimo de un local acogedor. Ahora parecen olvidadas, relegadas a parecer un mostrador en el que dejas el dinero cuando pagas o tras el cual esperas si pides algo para llevar. Pasaron de protagonistas de la acción a segundonas y para algunos parece que hasta a convertirse en las villanas de la película, ya que deben ser un gran foco de contagios.

A un bar uno podía acudir sin compañía y en una barra nunca se sentía solo. Ya fuera para comentar una noticia del periódico, una jugada de un partido que se emitía por la televisión o para conocer más al camarero, en esos taburetes inherentes a la barra se respiraba buen ambiente. La penúltima copa en un garito siempre supo mejor apoyado en una y acompañada de una buena conversación. Todo se ha perdido, hasta los amores por los que cantaban dos chicas que siempre bailaban solas. Si esta pandemia acaba de una maldita vez, entre las cosas que se supone que vamos a recuperar espero que estén las barras de los bares.