La quinta ola del covid parece ya un mal sueño de verano del que nos cuesta despertar. Encaramos la época estival con ganas de reencuentros y, no vamos a negarlo, de cierto ocio festivo, siempre adaptado a las circunstancias. Teníamos asumido que no acudiríamos a conciertos masivos o festivales, que no celebraríamos como se merece la Festa da Dorna o A Guadalupe, pero lo que no pensábamos es que ni casi podríamos pisar la playa y que cenar en un restaurante o tomar algo en un bar iba a ser para algunos tan difícil.
Nos estamos enfrentando a un verano de restricciones y en el que el cielo está más gris que azul. Si ya los ánimos no estaban muy arriba tras año y medio de pandemia, la lluvia y el ambiente casi otoñal que no nos quiere abandonar ponen la puntilla a que se haga todavía más cuesta arriba el día a día. ¡Qué ni el sol podemos tomar! Hace unos meses, yo me veía sorteando olas en el mar en esta época, no de contagios de un virus implacable, que ya vuelve a estar presente en las residencias y sobre el que ya alertan demasiado que la denominada pauta completa no va a ser suficiente. A estas alturas, cuando algunos vivimos con un pinchazo, ya nos hacen asumir que el segundo, aunque está cerca, no será el definitivo.
Porque aún no pasamos la quinta ola y se escuchan avisos de una sexta. Porque se habla de relajar medidas a partir de la tercera semana de agosto si los contagios descienden y hay expertos que lo ven precipitado. Si seguimos a este ritmo habrá pasado el tan ansiado verano y ni nos habremos enterado. Un servidor ya va poniendo la vista en septiembre, a ver si viene con buen tiempo y menos oleaje.