Hace un año, mientras empezábamos a vivir de nuevo tras la irrupción de una pandemia que nos puso contra las cuerdas y nos mostró lo vulnerables que somos, escribíamos en nuestra agenda palabras como solidaridad, amor, paz, empatía... Estábamos convencidos de que el cambio era posible, de que seríamos capaces de dar las gracias por el esfuerzo del prójimo, de renunciar a cosas superfluas, de agradecer el regalo de vivir, de sumar para vencer. Pero lo cierto es que hoy estamos como en aquel lejano arranque del 2020, cuando veíamos lejos la tragedia de China y cuando mirábamos hacia Madrid con total indiferencia. Y si el covid vuelve a arreciar con fuerza, nos pillará de nuevo desprevenidos, temiendo un confinamiento que nos alejaría de las terrazas, de las fiestas con amigos y de un verano que queremos explotar al máximo.
Nuestras principales preocupaciones han quedado claras. Pese al drama que nos ha tocado vivir, no hemos aprendido nada. Pero no toca buscar culpables, porque, en mayor o menor medida, todos somos iguales. Quizás la vida nos lo había puesto demasiado fácil, por lo menos a una gran mayoría, y ni siquiera el covid nos ha llevado a plantearnos una alteración en nuestra escala de valores.
Todo parece indicar que el fin de la pesadilla covid está próximo o por lo menos que es cuestión de meses que podamos hacer una vida normal. Pero hay otros peligros que nos acechan, aunque sea de forma más silenciosa. La violencia arrecia desde todos sus frentes, mientras el deterioro del planeta continúa. No debemos seguir mirando hacia otro lado.