Estado de alarma


Ya les dije hace tiempo que los políticos, de todos los colores y estamentos, le cogerían gusto a lo de la pandemia: los colocaba en el centro de atención de los medios y les daría una libertad de actuación impensable antes de la era covid. Lo normal en un mundo donde campan a sus anchas aprovechados y mediocres. Por eso, permítanme que por una vez -¡sin que sirva de precedente!- esté de acuerdo con Pedro Sánchez en no prorrogar el Estado de Alarma cuando expire el plazo aprobado por el Parlamento, el 9 de mayo. Porque en este mar patrio de bucaneros, piratas y corsarios políticos, esa excepcionalidad ha sido aprovechada como patente de corso para cometer mil y una tropelías y temeridades. Sin tan siquiera tener miedo a las lógicas consecuencias jurídicas de un Estado de Derecho.

Los presidentes autonómicos, reflejo del espectro político -lamentable diría yo- de este país, primero no lo querían y ahora lloran desconsolados aduciendo que quedan desprotegidos. ¡Qué tropa! ¡Qué vergüenza! ¡Cuánta cara! Ellos preferirían una excepcionalidad de por vida. Poder actuar de forma irresponsable e impune sin tener que dar cuentas. Ahí tienen a la Xunta, que hace de su capa un sayo e incumple hasta sus propias normas. Sin pudor, a lo puro macho.

Pues yo me alegro de que se vean obligados a negociar, dialogar, ponderar, calcular las consecuencias de sus decisiones en el conjunto de los ciudadanos. Que, aunque por desgracia con demasiadas limitaciones, sientan la mirada de la Justicia en sus nucas cuando deciden sobre nuestros derechos y libertades.

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