Mi poema es mi cuchillo


Un día nevará sobre tus hombros, quizás. Escucharás al pájaro invisible. Lo buscarás entre las ramas. Al pájaro invisible, quizás. Un día las grietas y la escarcha. Los dedos torpes. Los «¿dónde puse mis gafas?». El magro de la carne, las tres pastillas de las tres; el agradable recuerdo de la sal zigzagueando sobre las patatas y sobre la vida. Nietos alborotando. Un cuchillo de pétalos que te corta las manos, el libro que escribí para ti.

El olor de la tarde en que me diste el tarro de aceitunas para que lo abriera, estaba duro, hizo plop y me dijiste: «¡Qué fuerte eres!», aunque yo ya no lo era. Louis Armstrong. Te quiero porque te miro. Descender del castillo del alma hacia los callejones. Tomar treinta cervezas en el Plaza, contaros que solo fue una.

¿Qué hago aquí escribiendo? Tasarlo todo. Lo malo también. Deberías hacerlo. Antes de que te arrolle un camión de Desatranques Jaén mientras vas mirando el móvil. «Mensaje nuevo: contrátenos, mil canales de televisión donde todos son una porquería». O un infarto. Y ya no estarás. Nunca más. Un nunca de verdad.

Por eso las cosquillas y los globos y los garbanzos con chorizo y aquel camarero en un hotel de Washington que me dijo: «Contra los recuerdos no se puede luchar». Si al final a mí me vale con que me leas tú, me escuches tú, con que me mires tú. No te mueras nunca, aunque te tengas que ir. Esquiva las carambolas del olvido. Porque aunque para ti la tierra sea leve, yo me quedo aquí.

O quizás sea al revés, y tengas que acordarte, quizás, de mi pelo entre tus manos.

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