Tampoco es el fin del mundo


El martes pasado estuve en Santiago con un viejo amigo y su hijo, que comienza a entrar en la adolescencia como entramos todos: como un ejército de una sola persona que, a un metro del enemigo, se da cuenta de que olvidó la bayoneta en el campamento. Su padre, mi amigo, fue un chaval de pueblo, hijo y nieto de marineros, descendiente del tipo de linaje que siempre tira hacia uno mismo para no alejarse demasiado de cosas como el sentido común y algunos valores firmes.

Con él, uno nunca sabe si está ante un optimista muy serio o un pesimista demasiado sonriente. Su compañía me agrada, y la de su hijo también. Cuando terminamos el obligatorio tour por recuerdos comunes comenzamos a hablar del rapaz. Lo tiene metido en un colegio prestigioso y, según su padre, él está muy interesado en su futuro.

También va a natación, ajedrez, inglés, piano, mates y voluntariado. Y, de nuevo según su padre, le gusta todo. Por un momento pensé que qué maravilla. De hecho, yo mismo me he sentido así muchas veces: me gusta todo… me apasionan los clásicos griegos, los agujeros negros, los cómics de Batman, la pintura del Renacimiento; es decir todo, excepto las cosas que me hubieran sido rentables. Un poco de todo y un mucho de nada. Mi curiosidad obsesiva me ha vuelto un perfecto inútil.

Cuando su padre fue a pagar la ronda, busqué sincerarme con el chaval para que no le pasase lo que a mí. Lo interpelé: «Dime, ¿hay algo que te guste, pero que te guste de verdad?». Me contestó con seis palabras a la altura de un verso de la Ilíada: «A mí me gustan las croquetas».

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