Diluvia, y yo estoy debajo


De chaval cogías una mochila y te ibas de acampada, leías libros de seis en seis. Eras enamoradizo e idealista, te salía de las tripas creer en el bien común y la mejora de la sociedad. Te apuntabas a viajes de diez horas de bus sin aire acondicionado. Y un día la energía se va. Cambias la mochila por una maleta con ruedas, los cámpings por hostales, los hostales por hoteles…

Descubres que los necios, los malvados y los imbéciles triunfan sin leer otra cosa que el teórico de conducir, y los libros van acumulándose en la estantería. Te llegas a plantear que, en realidad y fuera del puro entretenimiento, la mayoría de lo que has leído no te servirá para mucho. Vuelves a los clásicos, los únicos que te dicen algo. Las obras modernas te dan pereza, conoces todas sus trampas.

Has visto tu honor pisoteado y tus ideales traicionados. Finalmente te cansas de perder y abrazas un individualismo superviviente. Te rindes. Ya no quieres salvar al mundo, primero porque no se deja y segundo porque no hay nada más egoísta que querer salvar el mundo, es el último piso de la vanidad.

Los adolescentes te parecen más ruidosos, caóticos y molestos que los de tu quinta. La música del momento te parece una porquería. Te refugias, como con los libros, en tus viejos discos. A veces vas a una terraza a tomar un par de cervezas, las mismas que antes te hacían pensar que en el futuro podías hacerlo todo, ahora te hacen pensar que jamás has hecho nada. Ahí estás, perdido en tus reflexiones, en tus recuerdos. Te has hecho mayor y el mármol de las horas cae sobre la vida.

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