Su traidor de confianza


Vivimos en los tiempos de Netflix, querido lector. Todos los artículos que lees, todas las series que miras tienen sucios trucos, cada vez más burdos, para atraparte. Hay que enganchar al consumidor en los 10 segundos que este es capaz de concentrarse en algo sin distracciones: se recurre al impacto, diálogos cortos, clickbait en el título, sensiblería… lo que sea para que echemos un ojo antes de que volvamos a Instagram tan desinteresados como ayer.

La sociedad posmoderna disfruta caducándolo todo. Ya no es que no pretenda dejar ninguna obra eterna, es que quiere que nada resista más allá de lo que dura un trienio: ni un libro, ni el recuerdo de una peli, ni una canción, ni arquitectura… Plástico, olvido, nada.

Y yo formo parte de la rueda, uso también ardides de trilero solo para ser más leído. Entonces me pregunto, ¿los escritores que admiro han usado estas triquiñuelas? No. No lo han hecho, porque su bella escritura no tiene que bajar para gustarme a mí sino tenderme la mano para que yo trepe a ella y respire el aire puro de su cima.

Intentar imitar a Netflix en vez de a Tolstói me imbuye de una amargura mucho peor que no ser leído, la de traicionar al arte que dije que amaba. Tuve que elegir. Así es la vida, como decía Sylvia Plath, un árbol lleno de higos: uno lleva a ser leído, otro a ser fiel a uno mismo, otro a un bar… «Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentado, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies».

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