Cojo el coche en Santiago y arranco hacia casa. Cae la noche como un plomo liviano. En la autopista me atrapa el poema tartamudo de las líneas discontinuas. Suenan canciones lluviosas. Delante van todas las veces que he vuelto a Ribeira. Otros yo, de otros tiempos, volviendo, escuchando las mismas canciones. Nunca regreso igual, en esos retornos hubo de todo: triunfo, caída, redención, caída, caída… y hoy hay una serena madurez que disfruta desde la distancia de las perturbaciones del recorrido, de los baches que cogí y ahora esquivo. Ya no me gusta la velocidad, quizá simplemente ya no sé ser veloz. ¿Qué yo vendrá detrás de mí en coche? ¿Escuchará esta misma canción, que ya será otra?.
Oscura es la noche y me asomo a ella. Giro el volante por esta oscuridad sin luz de luna, con negrura de pozo sin fondo, de pluma de cuervo. Oscuridad viva de asfalto y ausencia, con torpes movimientos voy palpando la aspereza del aire, como las manitas de un niño que aún no sabe que no se puede agarrar el viento. En esta oscuridad parece que mañana será dentro de mucho… o nunca. Noche perfumada con crujidos de somier, con ecos de arena. Siento reptar a la oscuridad que contemplé en la lejanía, envolviéndome lenta con paciencia de semilla. Esta oscuridad que escribo.
Y eso es todo: voy redactando este texto en un folio negro dentro de mi cabeza mientras conduzco en la noche. Ya veo la Frinsa. Mi mujer me espera en casa para cenar y olvido los cipreses. En el oscuro camino a Ribeira se extiende una afable escarcha que, a veces, se me evapora sobre el corazón.