Fueron unos héroes durante el confinamiento, adaptándose no solo al obligado encierro, sino también a un mundo de clases virtuales totalmente desconocido para ellos. Los niños afrontaron el complicado período sin protestar por cada medida que se tomaba, disfrutando como nadie de las primeras salidas y aplaudiendo sin límites la ansiada y nueva libertad. Fueron los que más caro pagaron el peaje del coronavirus y no sería justo que ahora, cuando el resto de la población disfruta de la normalidad, aunque sea nueva, ellos tuvieran que quedarse en casa.
El colegio debe empezar y mantener, en la medida de lo posible, el calendario previsto. Ha habido tiempo más que suficiente para la adaptación de las instalaciones a las nuevas circunstancias, un proceso que afrontaron en cuestión de días las empresas, que no podían permitirse el lujo de parar.
Poca lógica tendría que, después de haber estado todo el verano yendo a playas y parques, sumándose a bodas y comuniones, participando en campamentos y formando parte de escuelas deportivas, ahora se les privase de regresar a las aulas, su gran espacio de formación y socialización.
Los niños tienen que volver al colegio. Uno que les ofrezca, tanto a ellos como a sus familias, las máximas condiciones de seguridad posibles frente al covid. El problema es que han pasado cinco meses y casi todo sigue igual. Tras un verano en calma, llega septiembre y despiertan tanto los responsables de la adopción de las medidas como los encargados de exigirlas. Alguien no ha hecho sus deberes durante el largo período estival y esta vez no han sido los niños.