Todos, o la inmensa mayoría, somos a estas alturas conscientes de la peligrosidad del coronavirus, de su fácil transmisión y de que ataca sin piedad, independientemente de la edad, condición y sexo de las potenciales víctimas. ¿Por qué entonces nos empeñamos en cuestionar cada norma que se establece para tratar de frenar los contagios que se siguen sucediendo, amenazando incluso con una segunda gran oleada? Comprobamos a diario que los brotes se extienden a lo largo y ancho del territorio español, pero aún así nos resistimos a usar la mascarilla. Unos la llevan en el brazo, otros a la altura del cuello, los hay que dejan libre la nariz...
Cierto es que si camino sola por una calle en la que no hay nadie a la vista el riesgo de contagio es cero. Como también lo es si en el trayecto de mi coche hasta el hueco elegido en la playa no se cruza en mi camino ningún otro bañista. Pero lo que está claro es que no se puede apelar a la responsabilidad individual, porque está demostrado que solo funcionamos a golpe de prohibiciones y de multas. Tampoco se pueden lanzar normas por municipios, parroquias o barrios para atender las particularidades de cada zona.
Yo creo que, teniendo en cuenta la situación y el peligro que nos acecha, lo mejor es acatar las restricciones. Porque molestará menos usar la mascarilla ahora que tener que volver a encerrarnos en nuestras casas en un futuro cercano. Luego nos echaremos las manos a la cabeza y nos preguntaremos por qué no se adoptaron medidas severas con antelación.
Para seguir siendo libres y para evitar más muertes, ponte la mascarilla.