Entre todas las cosas -buenas y malas- que nos está enseñado esta crisis sanitaria está que ha despertado el lado más impulsivo de un gran número de personas. Cuando en marzo se decretó el estado de alarma, se abrió la veda y todo el mundo se lanzó a desvalijar los supermercados de papel higiénico. Nunca hubo una explicación lógica que obligara a acumular en las casas decenas de rollos, pero el que más y el que menos seguía la psicosis del resto y también se aprovisionaba de unos cuantos «por si acaso, no vaya a ser...».
Luego llegó la semana de vaciar las estanterías de comida, y pocos días después comenzaba la fiebre repostera, y fueron muchos los que se pusieron el gorro y el mandil e hicieron sus pinitos en la cocina, algo que contribuyó a que inflaran un poquito más ese flotador de kilos que el confinamiento ha dejado en la cintura de muchos. A pesar de que ha llegado la desescalada, continúan las compras convulsivas a medida que se van quemando fases.
Las cintas de correr se han convertido en objeto de deseo de aquellos que quieren llegar al verano después de haber atravesado por una rigurosa operación bikini. Y los ordenadores portátiles no se han quedado atrás, y la demanda ha sido tal que cuesta poder comprar uno a estas alturas del estado de alarma.
Pero lo más difícil en estos momentos es poder hacerse con una simple piscina desmontable para poder plantarla en cualquier rincón y darse un chapuzón sin miedo a los posibles contagios de las playas. No solo es que estén agotadas, es que han disparado su precio, porque el coronavirus también ha servicio para hacer negocio.